Cuentan que cuando un silencio aparecía entre dos, era que pasaba un ángel que les robaba la voz. Y hubo tal silencio el día que nos tocaba olvidar que, de tal suerte, yo todavía no terminé de callar.
Todo empezó en la sorpresa, en un encuentro casual, pero la noche es traviesa cuando se teje el azar. Sin querer se hace una ofrenda que pacta con el dolor o pasa un ángel, se hace leyenda y se convierte en amor.
Ahora comprendo cuál era el ángel que entre nosotros pasó. Era el más terrible, el implacable, el más feroz.
Ahora comprendo en total este silencio mortal. Ángel que pasa, besa y te abraza, ángel para un final.
Se cae, se tropieza, se golpea, se humilla.
Se esconde, se intimida, se oculta, se ilumina.
Oscurece, desfallece, adormece y solo crece.
Se arruina, se suicida, resucita y recapacita.
Se lamenta y se levanta para volverse a derrumbar…
cae en manos equivocadas para seguir pisando mal.
Duda y salta, no sabe aterrizar.
Adolorida, se calla, se encierra, amaga y se vuelve a encerrar.
Se aísla, se miente, no mira, trastabilla, conoce, reconoce y olvida para volverse a apalear.
Quiere creer, no sabe esperar, desea volar, tiene miedo a desplomar,
sonríe y no sabe carcajear.
Llora cuando nadie ve, ríe cuando todos están, miente cuando todos la oyen, putea cuando no están.
No es muy grande, esta gastada, no es muy vieja, esta desmoronada.
Se rearma de a poquito, se vuelve a acomodar y sabe que después de tantas vueltas siempre termina la espiral. Para empezar a levantarse hay que el fondo tocar…
ahora esta cayendo, dale tiempo para recomenzar.